Ocho balones de oro, un Mundial, más de 800 goles y todos los récords que te puedas imaginar. Messi ya no tiene nada que demostrarle a nadie. Y sin embargo, cada vez que anota, hace lo mismo que hacía cuando era un niño desconocido en Rosario: levanta los dedos al cielo. Y en sus momentos más grandes, se le ha visto hincado, agradeciendo. El mejor de la historia no celebra presumiendo... celebra agradeciendo. Y eso me enseñó algo que va mucho más allá del futbol.
Porque si el que lo tiene todo vive agradeciendo, ¿qué excusa tenemos nosotros? A veces esperamos el carro nuevo, la casa propia o el gran logro para darle gracias a Dios, y se nos olvida agradecer lo que ya tenemos: la salud, la familia, el trabajo, un día más de vida. El agradecido no es el que lo tiene todo, es el que valora todo lo que tiene. Empieza a agradecer y vas a ver cómo cambia tu vida. Porque a Dios no lo mueven las quejas... lo mueve un corazón agradecido.
